La donna è mobile

"Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino

De torpes a gilipollas, pasando por los melones de alberca

La necesidad que tienen algunas personas de que les aclaren los conceptos (vamos, la sinceridad impuesta) es a estas alturas, imperiosa. Porque ojo, hay quien precisa que se le coja con pinzas y se le meta en un baño de claridad, así, así, con varios aclarados. Los hay al mismo tiempo que confunden los términos, que confunden los fines, los propósitos, las personas, los lugares. Los hay en definitiva, que no saben manejarse y se mueven como elefante en cacharrería bajo la atenta y descojonada mirada de quienes les observan, sin acabar de enterarse —ajenos a sus torpezas (para más INRI) y al tremendo papelón que están haciendo— de la penita que despierta verles patinar y patinar, sin solución de continuidad. Aquí, en este caso, la sinceridad se convierte en una labor humanitaria. Cristiana, incluso. No hay nadie con un corazón en el pecho que vea a otro ser humano hundirse en estos barrizales y le prive de una mano auxiliadora. Que no es eso, joroba.

En la mayoría de estos casos es fundamental contar con un receptor con ojos y orejas (al cerebro ya lo hemos descartado). Captar las señales de aviso y derivarlas al terreno de lo útil es fundamental. Los hay que no cogen una, ni al vuelo. Y siguen a lo suyo. Dando el cante a la vista de todos y haciéndoles desear, pero de plano, arrancarse un brazo para darse con él en la cabeza antes que seguir contemplando tan triste panorama. Tan pocas luces. De estos personajes, auténticos torpes elevados a la enésima potencia (a los que un profesional de la salud mental, con diez segundos de observación, podría apellidar más ampliamente) puede esperarse cualquier extremo. Con un poco de suerte derivan en un torpón vocacional: un pato (todos tenemos alguno en la familia, pero inaccesibles al desaliento, seguimos dándoles oportunidades una navidad tras otra pidiéndoles por favor y que con mucho cuidado, lleven la fuente de pavo al curry a la mesa: para desastre de la vianda, la fuente, la cena y los camales de los pantalones de la mitad de la cuadrilla). Y en otras, con peor suerte y algo más de empeño: en un gilipollas.

Los gilipollas aprovechan su torpeza para además, engalanarse con fechorías (fechorías del tipo "pues ahora te vas a enterar", con falsete de voz) que ellos mismos ven convertidas en medallitas, que válgame, se cuelgan ¡pam! como aquel mago, ¡ah, sí! el Magic Andreu, que no tenía ningún pudor en hacerlo. Son más previsibles que un semáforo y es mejor dejarlos a su aire porque en el pecado llevan la penitencia, y además, ¡qué leches! que les den.

Y, at last, entre el pato vocacional y el gilipollas galopante hay, finalmente, una última categoría (¿a que lo bueno siempre se hace esperar?) a esta postrera la vamos a bautizar: melón de alberca.

El melón de alberca (detrás mío comienzan a pasar las diapositivas, no las pierdan de vista) suele moverse por el ámbito de las internetes como pez en el agua. Hace uso del anonimato para, creyéndose más listo que Josele (que como todo el mundo sabe, era "pato" raso), intentar batir todos los records de permanencia y en muchas ocasiones lograrlo, con puntas de hasta veinticinco horas diarias; no sólo con un nombre, no, a veces con varios. A la hora que te asomes está. Flamante. Dispuesto. Con ganas de seguir metiéndola y quedarse más ancho que largo. Con la extraña manía, además, de creerse baladíes de una justicia personal y una venganza merecida que enciende el pelo, por absurda. Y se le deja, y va haciendo, y sigue, y dura, y dura, y dura. Y así, tan ricamente, se va sumergiendo en la red un poco cada día, un poquito y otro poquito detrás hasta que consigue tejer una red de seguidores, todos pendientes de sus melonadas (algunos, aficionados a las pipas) para ver hasta donde es capaz de llegar precisamente porque haciéndose daño a sí mismo, no hace daño a nadie, y tiene su aquel pillarle en los renuncios. Y en fin, dicen aquellos, mientras sólo sea ésto... Y hasta ahí. Lo malo viene cuando meten la pezuña en las cosas del resto, entonces sí. Entonces la sinceridad no sólo se convierte en imprescindible sino que, por increíble que parezca y como ya se dijo al principio, dejando a un lado el alivio o el placer añadido que suponga, es una labor humanitaria. Si se deja a su aire a este melón de alberca, lo más probable es que llegue a unos peligrosos niveles que después sólo se curan en la farmacia. Cuidado. Y claro, los testigos están en la obligación de echar un cable, del tipo que sea, para intentar derramar algo de cordura sobre el asunto, ya torcidísimo y muy decadente, que el melón de alberca tiene a bien denominar, su hábitat.

Pero el melón de alberca es cerril y cabezón. Si hay algo que caracteriza al melón de alberca es que es capaz de seguir en sus trece hasta que la misma cabezonería le lleve al siguiente nivel. Por eso igual que se dice "antes que cocinero, fui fraile", muchos gilipollas dicen que antes de ser lo que son, fueron melones de alberca. En su tozudez, ya no son capaces de discernir entre las cosas más lógicas, ni entre el ridículo más espantoso y las mandíbulas asombradas y caídas de sus espectadores. Y ahí van, victoriosos y más listos que Josele (sí, el pato raso), además dándoselas de suficientes, y repartiendo dosis de culpabilidad así, con un juego de muñeca que para sí lo quisiera un masturbador profesional. ¡No hombre no! A éstos, cuando creen estar jorobando lo que hay que hacer es coger una buena sartén en forma de alegato, y darles en la cocorota además, recién comido. Es decir, con ganas. ¡Doing! Y si hace falta otra vez, y otra, ¡doing y doing! y así hasta que sean capaces de decir "veo la luz", y con ella, la esperada llegada de su salvadora: la vida ajena a la red, que parece mentira, pero está llena de agendas, de trabajos, de cosas que realmente sí importan, de responsabilidades inantendidas, de horas y horas de esforzada tarea y de, por qué no decirlo, de familiares a los que les va a encantar ver a sus melones de alberca, volver a casa por Navidad.
Domingo, 09 de Enero de 2005 13:40.

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Autor: Paolo

Jo... Me ha dejao planchao. Cuánta clarividencia, Donna. ¡Doing, doing, doing!...

Fecha: 10/01/2005 19:16.


Autor: Kit.

Me ha encantado, Mobile. Lo que me he reído con los melones de alberca. Más de uno así he conocido por estos mundos.

Fecha: 10/01/2005 22:40.


Autor: Mobile

Bueno, ésto de abrir mi correo y ver que tengo un comentario en mi blog, empieza a gustarme. Cuando eso sucede, no lo abro, y me vengo corriendo a ver quien ha sido, dónde, qué habrá dicho, bueno, usted ya sabe. Y jo. Es Paolo. PAOLO.

(voy a ver si consigo parecer un adulto y) Gracias por venir, :-)

(ésto último de "gracias por venir" lo he dicho sin el soniquete de la Morgan, ¿eh? Vamos, que en serio y eso)

Fecha: 10/01/2005 22:41.


Autor: Mobile

¡Otro! ¡Otro!

Gracias Kit, qué suerte verte aquí (jo, lo digo con las manos en las mejillas, tiiiiiiiiiiiiiia). Voy a por la sartén, porque me estoy poniendo de un gilipollas...

Y sí, cualquier día abro el glosario de personajes y se nos van las pantorillas al techo. Qué jungla.

Fecha: 10/01/2005 22:45.


Autor: Paolo

"...cualquier día abro el glosario de personajes y se nos van las pantorillas al techo. Qué jungla."

Pues venga, a qué esperas.
Y no tienes que agradecerme nada. Ha sido un placer.

Fecha: 11/01/2005 10:10.


Autor: Ardi

Así que en enero de 2005 la Móbile daba saltitos como un cordero cuando recibía un comentario en su sitio... hay que ver... qué tiempos :-pbPbp

con lo bonito que era eso del melón de alberca.

Anda, va, ya me reporto. Bss

Fecha: 16/07/2006 19:43.


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